Los lectores italianos han aprendido a amar a Luis Sepúlveda inmediatamente, en 1988, con la publicación de su primer libro, “Un viejo que leía novelas de amor”.

 

Desde entonces, entre Italia y el autor chileno ha nacido un amor incondicional. Una relación que hace que la noticia de su muerte sea, si es posible, aún más dolorosa en la península.

 

Porque Sepúlveda fue todo. Narrador, dramaturgo, poeta, periodista, activista, ecologista, político, guerrillero, viajero. Y -como todo gran autor- también “amigo íntimo” y “compañero” de cada uno de los lectores que hayan escudriñado las hojas de unos de sus libros decidiendo finalmente aventurarse en sus historias en vilo entre realidad y fábula.

 

Y en Italia hubo montones.

 

Como explica uno de sus célebres títulos, Sepúlveda contó el “Mundo del fin mundo”: gracias a un lenguaje evocador pero fluido, simple y directo y con una constante atención hacia la dimensión de la fábula que lo ha convertido en un autor  reconocido a nivel mundial.

 

No será casualidad que, por lo menos en Italia, su título más famoso sea “Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar”: una novela trágica en muchos aspectos que, sin embargo, está cargada de esperanza y de una poderosa sensación de solidaridad.

 

Una enseñanza para cualquiera, niños y adultos de toda época.

 

 

Grandes sentimientos humanos expresados con sinceridad y convicción; a menudo jugando con los géneros literarios. Las fábulas para las grandes emociones universales, la novela negra para denunciar las injusticias, los cuentos para reflejar sus ideas y pasiones.

 

Todo unificado por un lenguaje liviano, “calviniano” como alguien lo ha definido. Porque leer a Sepúlveda no requiere esfuerzos y las hojas pasan sin darse cuenta, pero las pasiones de las cuales habla, los grandes amores, los ideales para los cuales vale la pena luchar, estos sí dejan marcas indelebles en la memoria del lector.

 

Como en “Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar”, cuando emociona con la descripción del primer vuelo de la pequeña gaviota. El sol, la lluvia, la ciudad, el mar, las amistades, los recuerdos, el viaje, el último adiós… y aquella frase tan simple, clara y cierta: solo vuela el que se atreve a hacerlo”.

 

¡Gracias Luis! Y hasta luego…