Era el 25 de marzo del año 1300, y Dante Alighieri deambulaba desorientado en una “selva oscura”: encontraría, por su suerte y la de los lectores de todo el planeta, aquel que se convertiría en un guía de excelencia, el poeta Virgilio. Empieza así el más famoso viaje de la historia de la literatura de todos los tiempos; un increíble recorrido que llevería al “Sommo Poeta” a través del Infierno, del Purgatorio y finalmente del Paraíso.

 

Señoras y señores: nace “La Divina Commedia”, y nada será como antes.

 

Un Big-bang literario que será fuente de inspiración para centenares de artistas y autores hasta el día de hoy. Una de las lecturas más complejas que se puedan emprender y –aun así-  de las más entusiasmante. Un contenedor de todas las pasiones humanas, terrenales, naturales y místicas. Ensayo de historia, de teología, de sociología, de política… Romance, historia de formación, horror ante litteram.

 

Y, sobre todo, piedra angular de la cultura occidental y de la lengua italiana moderna y contemporánea.

 

Cada año, el 25 de marzo, fecha que los filólogos indican como el comienzo del viaje en el más allá de la Divina Comedia, se celebrará el Dantedì. Una jornada para recordar en toda Italia y en el mundo el genio de Dante.Ha afirmado el Ministro de Cultura, Dario Franceschini.

 

 

 

Dante y “La Divina Commedia” son la Cultura italiana con “C” mayúscula. Si cada literatura nacional suele presentar a un “paladín” (Shakespeare, Cervantes, Goethe), en el caso italiano sucede algo clamoroso: Dante no es solo autor príncipe, sino que verdadero “inventor” de la lengua nacional.

 

Genio total. Intelectual infinito. Personaje único. Dante es el símbolo del cambio de un mundo a otro, de una manera de pensar a otra, de la transición desde Medioevo al Renacimiento. Y es, si posible, mucho más: es la chispa, el primer fuego, el destello inicial de aquella fortaleza nacional italiana que –pese a las tradicionales diferencias regionales, provinciales, comunales- explotará gracias al desarrollo de la unidad lingüística.

 

Dante es, siglos antes de la unidad nacional, quien fue capaz de generar las primeras imprescindible herramientas culturales, sociales, emotivas fundamentales para que los italianos se reconociesen en un “algo” común. Nada, como se ha dicho, será como antes.

 

Hoy, con una Italia herida que parece estar atravesando aquella “selva oscura”, más que nunca sus versos indican la vía hacía la luz:  

E quindi uscimmo a riveder le stelle” (Inferno, XXXIV, 139)

 

Y es más: porque Dante habla a todos los seres humanos. Los de ayer, los de hoy y también los de mañana. “Nel mezzo del cammin di nostra vita/ mi ritrovai per una selva oscura,/chè la diritta via era smarrita.” (« En medio del camino de nuestra vida me encontré por una selva oscura, porque la recta vía era perdida..») En el primer verso ya está claro todo: no es el “Yo”; es un “Nosotros” que representa las experiencias de cada uno.

 

Porque todos han transitado en algún momento por “la selva oscura”, alegoría del pecado entendido desde una perspectiva cristiana, pero también símbolo de la desorientación que puede caracterizar la vida de cualquier persona. En época medieval así como hoy, en época digital.

 

 

Dante representa la vida como nadie más es capaz de hacerlo. Desde las miserias más repugnantes de la condición humana hasta las cumbres más sublimes de la visión mística. Es como si hubiese encontrado un mirador que solo él conoce, y desde el cual es capaz de contar todo lo que concierne o humano, lo natural y lo divino.  El vuelo de unas palomas hacia el nido, el lento abrirse de una flor en la mañana, una suave nevada alpina, la ardiente actividad de los arsenales venecianos, el implacable odio entre facciones políticas…

 

Cualquier matiz de la experiencia humana encuentra una representación impecable.

¿Un ejemplo?

Así describe un atardecer… por favor juzguen ustedes:

“Era già l’ora che volge il disio/ai naviganti e ‘ntenerisce il core/ lo dì c’han detto ai dolci amici addio;” (Purgatorio, VIII, 1-3). (Era ya la hora en que se enternece el corazón de los navegantes, y renace su deseo de abrazar a los caros amigos, de quienes el mismo día se han despedido).

 

Y los personajes que encuentra en su peregrinaje: una infinita antología de los tipos humanos, de las pasiones que hacen el hombre… pues hombre. En el buen sentido y, desde luego en el mal sentido.

 

Son encuentros inolvidables, que se erradican en la miente y en el corazón del lector: la pasión amorosa de Paolo y Francesca y aquella política de Farinata degli Uberti, el odio y la venganza de Ugolino, la fuerza de la fe y de la misericordia de Manfredi. Y obviamente el infinito deseo de conocimiento de Ulises cuyas palabras, 700 años antes del “Stay hungry, stay foolish” de Steve Jobs, han representado el compromiso del hombre con los nuevos descubrimientos, con la intuición y con la inteligencia:

 

“[…] fatti non foste a viver come bruti, ma per seguir virtute e canoscenza” (Inferno, XXVI, 112-120)

 

 

Es lógico entonces que, para realizar una obra de esta magnitud, Dante tuvo que “inventar” una herramienta lingüística nueva. Algo que le permitiese ir más allá del hasta entonces conocido: nace el pluralismo de estilos. Una intuición genial que le permite utilizar diferente registros y géneros, desde la tradición cómico-realista hasta la mística cristiana que a través de la palabra desafía lo inefable. Toma vida una especie de “democracia lingüística”, que explota en una experimentación literaria que, de ahí en adelante, nunca más se detendrá.

 

Una revolución lingüística que traspasa las fronteras nacionales, y que es absolutamente imprescindible si se habla del desarrollo de la cultura italiana. Dante es la luz, el guía, el faro para todos aquellos que han venido después. Es él quien reafirma el valor de la lengua “vulgar” que dará vida al italiano que hoy se habla, es siempre él quien fortalece los valores de la cultura clásica que serán fundamento del Humanismo, y sobre todo es él quien –tan intimamente florentino- supo ensanchar la mirada más allá de la realidad comunal de la época para imaginar con pasión, esperanza y dolor un destino único para Italia entera.

 

Así sus palabras y sus invectivas han sonado como advertencia y como incitación en los grandes momentos de la historia del País, en particular en la época del Risorgimento que llevaría a la unidad nacional. Y hoy, con una Italia herida que parece estar atravesando aquella “selva oscura”, más que nunca sus versos inspiran e indican la vía hacía la luz:  

 

E quindi uscimmo a riveder le stelle” (Inferno, XXXIV, 139)