«Fiabe italiane» de Calvino: doscientas fábulas de toda Italia
En 1956, Italo Calvino publicó «Fiabe italiane», una recopilación de doscientas fábulas de la tradición popular italiana. El libro empieza con una declaración que es también su programa:
«Yo creo esto: que las fábulas son verdaderas.»
Su convicción era que las fábulas son explicación de la vida y catálogo de todos los destinos posibles. No un entretenimiento infantil ni un documento folclórico: un inventario de lo que a una persona le puede pasar.
Lo que ya existía
Durante el siglo XIX el interés por la cultura popular había crecido en toda Europa, y en Italia dio lugar a numerosas revistas en las que antropólogos, etnólogos y estudiosos publicaban la transcripción fiel de fábulas recogidas directamente de la voz popular.
Ese material tenía una virtud y un problema. La virtud era la fidelidad: se transcribía lo que se oía, en dialecto, con sus repeticiones y sus incoherencias. El problema era la ilegibilidad: eran documentos científicos, publicados para especialistas, que nadie leía por gusto.
Lo que hizo Calvino
Su intuición fue crear un libro cuyo destino fuese tan popular como su fuente: un libro cuya lectura resultara placentera.
En dos años transcribió al italiano doscientas fábulas de la tradición oral. El trabajo consistió en tres operaciones sucesivas:
Elegir. Entre muchas versiones de la misma historia, quedarse con las más originales, singulares y preciosas.
Traducir. Pasar del dialecto al italiano, con todas las pérdidas y decisiones que eso implica.
Reescribir. Dar a cada texto una forma que se sostuviera como lectura, sin traicionar su estructura.
Ese tercer paso es el que un folclorista no habría dado nunca, y es el que hizo del libro un clásico.
Los dos criterios de selección
Calvino se impuso dos objetivos simultáneos, y son la clave de la arquitectura del volumen:
| Criterio | Consecuencia |
|---|---|
| Representar todos los tipos de fábula | El libro funciona como catálogo de estructuras narrativas |
| Representar todas las regiones de Italia | El libro funciona como mapa cultural del país |
Cumplir los dos a la vez es un problema de combinatoria nada trivial: hay que encontrar, para cada tipo de trama, una versión regional que valga la pena, y cubrir el país entero sin repetir tipos.
Por qué cada fábula lleva un lugar
Junto al título de cada texto, Calvino indica un lugar: Palermo, Venecia, Florencia, L’Aquila, Údine, Mentone, Montale Pistoiese.
Conviene entender qué significa y qué no. Indica de dónde procede la versión recogida, no que la historia pertenezca en exclusiva a esa localidad. La misma trama —la niña encerrada, el hermano transformado, el objeto mágico que cumple deseos— reaparece con variantes en media Italia y, muy a menudo, en media Europa.
Esa indicación geográfica convierte el libro en algo más que una antología: permite ver cómo una misma estructura narrativa se viste de manera distinta según el sitio donde se cuenta. La versión siciliana y la friulana de una historia comparten el esqueleto y difieren en todo lo demás —los oficios, la comida, el paisaje, el tipo de autoridad que aparece.
La zambullida
En su introducción, Calvino describió el trabajo con una metáfora precisa: una zambullida, un salto en frío dado con indiferencia calculada hacia un asunto que no lo apasionaba, y que de forma imprevista se convirtió primero en obsesión clasificatoria y después en deseo de divulgación.
Es una descripción honesta de cómo funcionan muchos proyectos intelectuales, y explica el tono del libro: no hay en él ninguna solemnidad reverencial hacia lo popular. Hay un escritor que entró por encargo y quedó atrapado.
Lo maravilloso apoyado en lo real
El rasgo dominante de las fábulas italianas es lo maravilloso. Pero —siguiendo la metáfora de Calvino— el trampolín para ese salto al fantástico sigue siendo la realidad: una fuerza de realidad que estalla por entero en fantasía. Las fábulas, concluía, no podrían existir sin ella.
Se comprueba leyendo cualquiera de ellas. Antes de que aparezca el gigante, el hada o el príncipe encantado, hay siempre una situación material concreta: hambre, un padre que no puede alimentar a sus hijos, una herencia injusta, un trabajo imposible. Lo maravilloso entra a resolver un problema que es rigurosamente realista.
Ocho para empezar
Entre las doscientas, algunas funcionan especialmente bien como puerta de entrada:
- Sfortuna (Palermo)
- Il principe granchio (Venecia)
- L’uomo verde d’alghe (Mentone)
- Testa di Bufala (Montale Pistoiese)
- Prezzemolina (Florencia)
- Rosmarina (Palermo)
- La finta nonna (L’Aquila)
- Il bambino nel sacco (Údine)
La séptima merece una advertencia para quien la reconozca: «La finta nonna» es una versión italiana del relato que en su forma más difundida se conoce como Caperucita Roja —y es considerablemente más inquietante que la versión que circula en los libros infantiles.
Preguntas frecuentes
¿Qué son las «Fiabe italiane»?
Una recopilación de doscientas fábulas de la tradición popular italiana, transcritas al italiano por Italo Calvino y publicada en 1956.
¿Cómo empieza el libro?
Con una declaración: «Yo creo esto: que las fábulas son verdaderas». Calvino las entiende como explicación de la vida y catálogo de todos los destinos posibles.
¿De dónde salieron los textos?
De las transcripciones que antropólogos, etnólogos y estudiosos del siglo XIX habían publicado en revistas especializadas, recogidas directamente de la voz popular.
¿Qué hizo Calvino con ese material?
Lo eligió, lo tradujo del dialecto al italiano y lo reescribió para que resultara legible con placer. El objetivo era un libro popular no solo por su origen sino también por su destino.
¿Por qué cada fábula lleva un lugar?
Porque indica la procedencia de la versión recogida. No significa que la historia pertenezca en exclusiva a ese lugar: la misma trama reaparece en varias regiones.
¿Cuánto tardó en hacerlo?
Dos años. Describió el trabajo como una zambullida hecha con indiferencia calculada que se convirtió en obsesión clasificatoria y luego en deseo de divulgación.
¿Qué predomina en las fábulas italianas?
Lo maravilloso, pero apoyado siempre en una base realista. Según Calvino, las fábulas no podrían existir sin esa carga de realidad que estalla en fantasía.